Lo que hay, sí, es que, todavía hoy, los remedios se presentan más fáciles que en el viejo mundo, porque aquí —donde se aplica a Spencer, vendiendo los ferrocarriles— hay aún mucha tierra fiscal improductiva, que podría servir de base para una evolución, acelerada por el impuesto a la renta, a los terrenos baldíos a las herencias, etc., etc., que necesariamente se realizará más tarde en medio de mayores sacudimientos que darán inmenso relieve a Rivadavia y su previsora ley de enfiteusis. Aquél profundo observador previó, en efecto, lo que iba a pasar, algo de lo que está pasando y mucho de lo que no ha pasado todavía, y es lástima que sus lecciones se hayan olvidado en estas épocas en que aún se espera una renovación de la «crisis de progreso» que nunca se repetirá en la misma forma, porque cada día se irán acentuando más las diferencias de clase que ya se diseñan tanto, así como el capitalismo absorbente y el derrumbe ya iniciado de las clases medias que van descendiendo escalón por escalón hasta que lleguen al proletariado y reaccionen entonces entrando de lleno en la lucha de clase.
Cabe observar aquí lo que ha pasado con los centros agrícolas de la provincia de Buenos Aires, con las colonias de Santa Fe, cuya gran parte está aún en manos de empresarios que se enriquecen, etc. etc., y lo que pasa en los territorios nacionales como en el Neuquén, por ejemplo, donde muchos labradores no pueden colonizar porque inmensas zonas, las mejores {XVI} y más feraces, están desde años atrás en poder de concesionarios que las dejan improductivas esperando una oportunidad feliz que les permita especular con el mayor valor de la tierra, artificialmente provocado, puesto que no habiendo sido trabajada no puede calcularse qué producto dará, único medio de señalar su valor real y positivo.
En este territorio —para no citar otros— hay un concesionario que posee, él solo, cuatrocientas leguas, que arrienda para pastoreo, sin haber hecho una construcción ni haber cumplido con ninguna de las prescripciones de la ley; otro encumbrado concesionario hace lo mismo con trescientas leguas, en que nada ha puesto y cuyos arrendamientos cobra, contándose por docenas los posesores de lotes de treinta y dos leguas, que en esos vastos y feraces terrenos no se han cuidado de levantar ni un rancho.
Y esto, poco más o menos, ocurre en todos los territorios condenados así a convertirse en puntos improductivos o a ser bombas aspirantes de lo que produzcan los trabajadores.
A pesar de las lecciones recibidas, el mal parece no tener remedio, tan generalizado está.
Pregúntese a los especuladores en tierras de Bahía Blanca y otras comarcas semiestériles o que exigen mucho esfuerzo para la producción, qué beneficio general o particular produjo a la larga la suba de los terrenos; pregúntese a los territorios más fértiles, qué beneficio les han traído los propietarios de grandes feudos abandonados y casi eriales mientras viene {XVII} —que no vendrá sino con la producción— el mayor valor de la tierra . . .
¿Dónde nos llevaría un examen aparentemente prolijo de todos los inagotables aspectos de la cuestión? . . . El prólogo rompería sus proporciones, para tomar las del libro, las del in folio, aquí donde no suelen resolverse con este criterio sino con el escolástico, todos los problemas económico-sociales, de tal manera que cuanto se dijese en este sentido sería nuevo e incitaría a grandes desarrollos hasta al escritor mediocre. Pocos, bien pocos —sobrarían para contarlos los dedos de una mano— son los que se libran de la lógica de factura, con premisas falsas o variables, del capitalismo, y pueden lanzarse a la observación directa de los hechos, sacados los anteojos de todos colores del prejuicio y de la tradición . . .
Así no se mira por su lado positivo nuestra dependencia del capital europeo, invertido en ferrocarriles, industrias, bancos, empréstitos —temas fecundos, y el último sobre todo, de muchos libros por escribir— cuyos productos e intereses, dobles y triples de los que rigen en el viejo mundo, no se invierten aquí, ni mejoran la situación de obreros y trabajadores, sino que vuelven al punto de partida del capital, a hacer más fácil la vida del que lo arriesgó, como es lógico, natural y justo en el sistema actual . . .
Y sin embargo, se sueña con muchas cosas, a las que debería haber dado golpe de muerte la frase fundada en cifras que en un informe al ministro de hacienda, doctor Terry, para acompañar su conocida memoria {XVIII} al Congreso sobre la conversión, lanzó el doctor Francisco Latzina y que nosotros recogemos aquí:
«El oro a la par es la ruina de la agricultura y de todas las industrias, y el agio a un tipo inferior de 300, significa la insolvencia del gobierno respecto de sus acreedores a oro».