Lo mismo que con el territorio, lo mismo que con la industria está sucediendo con el comercio. Las grandes casas como la Ciudad de Londres, el Progreso, etcétera, que cuentan con capitales crecidos y con los más variados artículos, realizando diariamente ventas importantísimas que les permiten competir con ventaja en el mercado, están siendo la sombra del manzanillo para el pequeño comercio, que tiene que vender más caro en razón de que no introduce directamente sus {XIII} mercaderías, de que siempre paga algo más a los intermediarios, y de que sus ventas son en menor escala. Muchos de los pequeños comerciantes son, pues, absorbidos, y no es extraño verlos ir a servir a esas mismas casas que indirectamente, en apariencia, han causado su ruina.

Pero esto pasa generalmente desapercibido, quizá porque no haya tomado aún los resueltos contornos que en Europa.

Para el no observador puede aún ser aplicable a la República Argentina la célebre frase de Pangloss, a pasar de la vida semisalvaje de los jornaleros criollos de nuestras provincias, de cuyo trabajo se abusa, y de las privaciones del obrero, que en las ciudades comienza ya a verse obligado a vivir en montón, en infectos tugurios.

La situación de los trabajadores argentinos en las provincias no puede ser más abyecta: descalzos, casi sin ropas, ignorantes hasta el grado sumo, no alcanzan muchas veces a ganar una mensualidad de diez pesos que gastan en alcohol, embriagándose y riñendo muy a menudo en luchas sangrientas, sin otra causa positiva que la borrachera y la ignorancia. En algunas provincias hemos podido ver estancias en que trabajaban tribus de indios reducidos, sin salario alguno, casi desnudos, por el trozo de carne de sus comidas y algunos vasos de aguardiente los días de fiesta. Pero aquellos que han salido de la vida salvaje no tienen una existencia mucho mejor, y viven miserables, no sólo en las estancias, sino en los ingenios, y en todas las industrias enriquecedoras de sus amos, que ostentan en {XIV} Buenos Aires o en las capitales de provincia el lujo que les proporciona el supertrabajo obtenido en su beneficio de la ignorancia y la semiesclavitud de sus peones y obreros.

En muchas provincias la ignorancia es, por decirlo así, fomentada por el capital, pues tiene la emancipación del obrero que, sabiendo algo, se negaría a la cuasi esclavitud actual.

Así en las antiguas Misiones, donde los trabajadores suelen vivir de mandioca y naranjas como en el Paraguay. Así en la misma provincia de Buenos Aires donde el gaucho, más apto, para las tareas de la ganadería, y sólo por ser gaucho, tiene mucho menor salario que el obrero europeo . . .

Esto no nos lo dicen los anteriores censos ni nos lo dirá el que se prepara, porque su compilación tiene siempre un propósito político más o menos consciente, y la estadística no se usa para mostrar males, sino para equilibrar fuerzas electorales o para aumentar el crédito exterior con riquezas que suelen no existir y poblaciones que amenudo sólo han sido engendradas por el cerebro del estadígrafo político. Ya daríamos ejemplos si no temiéramos extendernos demasiado.

Entretanto, y olvidándolo todo, se repite:

«No hay por qué pensar en el socialismo. No estamos en Europa donde escasean los medios de vida; aquí cualquiera se hace rico.»

Quizás la proporción de los que se enriquecen sea mayor aquí que en otras partes; pero una simple mirada a nuestro rededor nos demostrará que se trata de {XV} un pequeño tanto por mil, mientras que el resto continúa esclavizado al capital, más poderoso y más absorbente cada vez.