Sin detenerse a considerar hechos que ya no son aislados aunque sean insignificantes en relación a los análogos que se producen en Europa, y complaciéndose en la observación de los que triunfan, es decir, de las excepciones, se olvida generalmente que hay una enorme masa de población que puede calcularse en mucho más de la mitad del total que vive de un salario más o menos mezquino.
El censo que se prepara —si no sufre los usuales olvidos y enmendaturas para que todo aparezca muy bonito—, va a proporcionar datos bien curiosos y reveladores sobre el estado actual de las clases pobres. Mientras nos llega, para presentarnos, aun sin querer, un cuadro verdaderamente desolador de las provincias, no es inútil recorrer las páginas del censo de la capital levantado en 1887, tomando como buenas las primeras cifras, pues los mismos detalles presentan discordancias incomprensibles en los diversos capítulos de la obra en que se repiten.
{X} Por ese censo sabemos que sobre 423.996 habitantes, 38.904 eran empleados de comercio, 75.622 obreros, y 73.598 individuos dedicados al servicio personal. Contábanse también entonces 9137 empleados públicos y 1499 maestros . . . Es decir 198.760 individuos asalariados, fuera de muchos miles más cuya vida era de dependencia absoluta o relativa . . . Las circunstancias han variado, y después de la «crisis de progreso», muchos miembros de la clase media han descendido un escalón, yendo a engrosar el número de los asalariados, sea en una, sea en otra de las múltiples formas que asume el Proteo-jornal, mientras que ha continuado la inmigración, aunque en menor escala, y con la depreciación del papel moneda hemos asistido al fenómeno del encarecimiento de la vida con la baja de los salarios y el alza de los artículos de primera necesidad, desde el pan hasta la habitación. De tal modo que se ha hecho más difícil la existencia de los asalariados y al mismo tiempo ha aumentado su número . . .
Un diario argentino que se reputa serio y que leen las clases pobres, suponiendo en él una tendencia amplia que no tiene, se ocupa hace tiempo de estas cuestiones, y alarmado por la paralización de algunas industrias, que dejan sin trabajo a numerosos obreros, viene repitiendo que hacen falta consumidores y que, por consiguiente, hay que fomentar la inmigración del proletario productor . . . No nos detendremos a refutar esta enormidad, desprovista hasta de apariencias de sentido común; citamos el caso porque demuestra que hasta en este país, que aparece como privilegiado, la {XI} cuestión está planteada en términos análogos a los europeos, aun cuando se inicie apenas.
El simple examen de las cifras y de los apuntes que acabamos de exponer, teniendo en cuenta el enorme aumento de la población que hoy pasa de 600.000 habitantes, basta para darse cuenta de que la idea del socialismo tiene ya causa —aunque el efecto no se haya resentado en formas ostensibles y categóricas—, desde que —como lo demuestra Ferri en las páginas que van a leerse— se trata de una cuestión económica, aunque esté íntimamente ligada a la política.
Muchos son los síntomas precursores de un gran movimiento futuro: la fundación de las agrupaciones ya citadas, la propaganda cada vez mayor, las huelgas recientes reivindicando las 8 horas de trabajo y el aumento de salarios, etc., etc., como efecto; la carestía enorme de los alquileres, la depreciación de la moneda papel, la falta de trabajo en algunas industrias que se derrumbarían sin los derechos prohibitivos a pesar del precio del oro, y el individualismo industrial y territorial cada vez más acentuado, como causa.
No es esto un cuadro imaginario, y estamos satisfechos de poder ofrecer aquí el testimonio de un observador que no puede tacharse de apasionado —el doctor Francisco Latzina— quien en un estudio sobre los latifundios {[Nota al pie:] La Nación, núm. 7648, de 17 Marzo 1895, «La calamidad de los latifundios.»} decía lo siguiente, refiriéndose a nuestro país:
«La concentración de la tierra en pocas manos {XII} progresa con movimiento acelerado, e implica la degradación de los pequeños propietarios al papel de arrendatarios o peones. Esta misma tendencia de concentración de los capitales, reduce al artesano independiente a jornalero, al bolichero a peón, al pequeño comerciante a empleado de un negocio grande, y a las personas que han sido independientes en el régimen antiguo, a la dependencia de las grandes empresas.»
Esto no es metafísica; viene de la observación directa de los hechos, y otros escritores como E. Quesada, Lallemant, etc., han parado mientes en ello antes de ahora. Y no hay que demostrar —porque salta a la vista—, la agravación rápida del mal, agravación que resulta de nuestro sistema monetario y del proteccionismo a la industria que favorece a los menos en detrimento de los más, cuya vida se encarece en términos alarmantes, así como del drenaje de intereses enormes que van al extranjero, etc., etc.
Claro es que este estado de cosas se irá acentuando con el aumento de población y por la inevitable tendencia absorbente de los grandes propietarios territoriales.