Los tres amigos se dirigieron al break que tenía en el pescante una gran canasta con las provisiones para el almuerzo, y subieron en él después de despedirse amablemente de cuantos encontraron al paso y de recomendar a Garona que hiciera llegar en seguida la canastita a don Casiano.
—¿Y usted, don Baldomero, no sube?—preguntó Lorenzo viendo que se disponía a cerrar la portezuela del break.
—Los voy a acompañar a caballo.
—¿Hasta la estancia?
—El azulejo es capaz de ir de un galope hasta Buenos Aires.
Al partir el break a todo trote, Baldomero se puso al costado, galopando con toda la bizarría del gaucho legendario, mientras su flete dejaba ver, al levantar los remos y al mirar hacia adelante, con sus ojos vivos, que éstos no alcanzaban a divisar distancia que lo cansase.
No habían andado dos leguas, cuando Baldomero exclamó:
—Pará, ché Hipólito; aquel hombre viene queriendo alcanzarnos.
En efecto, era un peón de Garona, que al llegar próximo al break y antes de que su caballo se detuviera del todo, se arrojó de él, bajándole la rienda, y dirigiéndose a Melchor le dijo:
—Aquí le traía estos telegramas.