—¿Hablan de algo los diarios?
—En la estancia le van a contestar, Baldomero, porque todavía no los han leído...—repuso Melchor riéndose, y agregó:—Pero los compraron.
Baldomero sonriéndose, separó el azulejo y con la mano de nuevo sobre el muslo derecho continuó galopando con insuperable gallardía.
El viento movía blandamente el ala de su chambergo y levantaba leves nubecillas de polvo que los cascos del azulejo removían aún de entre el césped, de tal modo era enérgica la fuerza con que los golpeaba.
El panorama parecía indicar el límite de la superficie habitada, no sólo porque las perspectivas del paisaje mostraban cada vez más raleadas las poblaciones y más pequeños los detalles vistos a la distancia, sino porque los ruidos, que llegaban al oído de los viajeros, eran extraños y tristes, casi agoreros, y hasta el vuelo pausado y oblicuo de los caranchos tenía el ritmo de una cadencia funeral.
Las haciendas se alzaban perezosamente, entumecidas por el reposo de la noche y el terneraje lanzaba en tonos quejumbrosos gritos que parecían lamentos de agonizante, mientras al paso del break huían las vaquillonas y los pequeños novillos, haciendo cabriolas que tenían todo el dengue de mohines de burla, como si se los inspirase aquel grupo de viajeros que en procura de salud moral marchaban aceleradamente hacia regiones de inacabables melancolías.
A ratos surgía, repentino y en gradación descendente, el trino glutinante de alguna perdiz que huía a refugiarse en su mimetismo; los teros saludaban a la distancia, lanzando su estridente grito y mientras los tordos, los cardenales y los chingolos se paseaban por el lomo de las vacas, las lechuzas parecían encogerse de hombros indiferentes o despreciativas, al levantar el vuelo de poste a poste, a medida que el break avanzaba en su camino.
Separados por potreros que parecían dilatadísimos, veíanse los bosques de las estancias disminuidos por las lejanías, hasta sugerir la idea de pequeños montecillos, y así lo hizo notar Ricardo:
—¿Por qué tienen tan pocos árboles junto a las casas, Baldomero?
—¡No crea, señor, si son arboledas grandes!... Mire allá... ¿ve?... derecho a aquella punta de hacienda... bueno... ése es campo de los «Unzueces»... que tienen árboles por lujo...