—¿Y no parece, eh?
—Que queda lejos... pero el bosque es grande...
Siguió un silencio prolongado, durante el cual Melchor sintió cien veces impulsos de sacar del bolsillo el telegrama de Clota, pero se abstuvo temeroso de provocar preguntas que no deseaba satisfacer. Ningún detalle del camino escapaba a la curiosa observación de Lorenzo y de Ricardo, que en más de un caso prefirieron ignorar la causa o la naturaleza de lo que veían, antes de revelar ante Hipólito la impericia campera que lógicamente padecían...
—¡Viste!...—se limitaban a preguntarse recíprocamente al ver cruzar una liebre o al ver aparecer en la puerta de su cueva algún vizcachón valetudinario.
En las postas del camino cambiaron caballos que Hipólito conocía hasta en sus detalles más íntimos y sin tropiezos llegaron a la del «Paso», donde debían almorzar y sestear, según lo anunciado por Melchor.
—¿Sabe que hemos andado ligero, Baldomero?
—¿Qué hora tiene, don Melchor?
—Las diez menos cuarto.
—¡Verdá! que hemos andado pronto... bueno que estos caballos son de ley.
—El que es de ley es el cochero—dijo Lorenzo,—y no le hacen justicia.