—¡Como chasque! Don Melchor... ¿y la familia quedó buena?

—Todos buenos, gracias.

—Pero siéntense, señores, que están parados... y entrá esa canasta, muchacho... Anastasio no ha de tardar... ¿le cebo un mate, don Melchor?...

—¿Mate?... Creo que mis compañeros quieren algo más sólido... ¿qué tal, Lorenzo?...

—Venimos a tus órdenes.

—¡Eso quiere decir que hay apetito!... ¿No te decía yo?...—y agregó, alzando la voz:—¡Baldomero!

—¡A la orden, don Melchor!

—...aquí hay gente curiosa por ver lo que ha traído en la canasta.

—¡Ni sé lo que haya puesto Garona!... Vaya sacando, amiga. ¿Quiere?... Yo ya vengo—dijo desde la puerta Baldomero, teniendo del cabestro su azulejo al que le había sacado el cojinillo.

Mientras se disponía la mesa bajo la enramada del poniente, los tres amigos salieron a «estirar las piernas» por las inmediaciones.