—Lo suyo está en su cuarto; los otros los pusimos en la pieza grande.

—No; tráigalos al cuarto al lado del mío... así los tenemos más a la mano... ¿quieren que vayamos para allá?

—¿Para dónde?

—A sentarnos al frente mientras preparan el baño.

—Bueno.

Sentados en el corredor contemplaban los viajeros la llegada de la noche y comentaban las incidencias del viaje, cuando de pronto dijo Ricardo con una espontaneidad que asombró gratamente a Melchor:

—¡Voy a probar el piano! ¿No estará cerrado?

—Ha de tener la llave puesta, si no avisa—y volviéndose a Lorenzo:—¡y qué bien toca Ricardo, eh?...

—¡Hum!—hizo Lorenzo bajo la presión de una angustia intensísima que crecía en su espíritu con el avance de la noche.

De la sala salía el tenue resplandor de una lámpara a media luz; en los árboles del jardín gorjeaban a intervalos pajaritos que parecían buscarse mutuamente entre las tinieblas del follaje; a lo lejos se oían balidos aislados, y sentados en silencio Lorenzo y Melchor, viendo por entre las plantas el resplandor distante de la cocina, escuchaban las primeras notas con que Ricardo estimulaba su memoria.