—¿Qué vas a tocar?
—No sé, ché, Melchor... estoy pensando.
—¡Toca el pericón nacional!... que es de circunstancias.
—No lo sé...
—¿Y los tristes argentinos... que son tan lindos?
—Tampoco... de memoria no los recuerdo.
—¡Bueno! toca lo que te dé la gana.
—El quinto nocturno...
Y Ricardo atacó con exquisita delicadeza la bellísima melodía de Chopín, cuyos acordes ponían en el ambiente una nota de intensa y honda melancolía.
—¡Qué es eso! Lorenzo, por Dios—exclamó de pronto Melchor, poniéndose angustiosamente de pie y acercándose a su amigo, que había ocultado la cabeza en el brazo derecho puesto sobre el respaldar de la silla y lloraba a sollozos, mientras Ricardo continuaba tocando en el piano el 5.º nocturno de Chopín.