—¡Qué es eso?... ¡Caramba!... ¿Qué tienes?...—repetía Melchor, inclinado cariñosamente sobre el cuerpo de Lorenzo.

—¡No sé!...—repuso éste, poniéndose de pie y reclinándose lánguidamente en el pecho de Melchor,—no sé... hace rato... ¡tengo una opresión...! que no oiga Ricardo...

—Ven... ven conmigo... por aquí—y abrazados como dos hermanos que se consuelan, como dos amantes que se idolatran, siguieron por un camino del jardín hasta una pequeña glorieta en uno de cuyos bancos se sentaron, oyendo claras y nítidas las sugerentes notas del nocturno.

—¡Cuánto te incomodo!...

—No, Lorenzo, tú no puedes incomodarme jamás... ¿pero qué tienes?...

—...¡No sé!... aquí... no sé qué tengo... ¡ganas de llorar!

—Llora... así... llora no más... eso te hará bien...

Lorenzo lloraba a sollozos, recostada la cabeza en el hombro de Melchor, de cuyos ojos caían silenciosas lágrimas sobre el cabello de su amigo...

... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...

—...Bueno... ¡ya pasó...! ¡Cuánto te incomodo!...