—¡Al contrario!... acabas de darme un alegrón...

—¿Esto más?... ¡eres un santo, Melchor!

—¡Pues un alegrón! porque este llanto tuyo implica la crisis más franca en tu estado puramente moral... con esas lágrimas sé ha volcado bajo la presión ambiente, toda la enfermedad nerviosa de que padecías...

—Ahora siento un gran alivio.

—¡Es que ya estás curado!... ¿Vamos?... Te has pasado acumulando lágrimas engendradas por preocupaciones ridículas, mientras tu organismo se viciaba por influencia de esas mismas preocupaciones, y libre de ellas, han bastado unas cuantas horas y un poco de aire puro y de nuevas perspectivas para que tu organismo se revolucione y arroje de sí al déspota que lo esclavizaba... y que ha salido... ¡llorando!... ché... así son los tiranos...

—¡Eres un santo, Melchor!

—...lloran en cuanto no pueden seguir tiranizando... ¿te has fijado?... ahora ya estás libre... ¿ves?... ya estás sano.

—¡Tú eres capaz de curarme!

—...ya puedes decir, en legítima posesión de ti mismo: «¡Ahora hay que reír!»

—Sí, ¡pero no vayas a reírte de mí!