—Aquí está Baldomero, don Melchor; ¿para qué me necesita?—dijo tomándose en alto con ambas manos de los barrotes de la ventana que daba al corredor.

—¿Ya tomó café, Baldomero?

—¿De desayuno?... todavía no, don Ricardo contestó Baldomero festejando su propia ocurrencia.

—¡Qué! ¿Es tan tarde?...

—¡No, señor!... luego va a ser más tarde...

—Aquí es necesario estar muy advertido, Ricardo—dijo Melchor,—porque aquí... el que no corre...

—¡Dispara, don Melchor!—dijo Baldomero completando picarescamente la frase y dirigiéndose a entrar al comedor.

—Parece que hay apetito, señores.

—Es verdad, Baldomero... hasta yo estoy comiendo con gusto.

—¿Qué sabe no tener ganas, don Lorenzo?