—Vayan ustedes en el break; yo iré a caballo.

—¡Eso es! Y así podremos alternar... un poco en tu caballo... y otro en coche.

—Si quieren—dijo Baldomero—hay caballos muy mansos y de lindo andar... bueno, que para ir hasta lo de Anastasio es lejos, agregó recapacitando.

—¡Y usted hablaba de «corrernos» hasta el pueblo!

—¡Es diferente, don Ricardo!... una cosa es ir a un encargue y otra es ir... pongo por caso, a visitar la «Pampita».

—Realmente, valdría la pena—dijo Lorenzo,—conque yo que nunca me he fijado en muchacha alguna he quedado fuertemente impresionado con ésta.

—¡Ya ves! Tú que decías que no encontrarías mujer a tu gusto, te estás sintiendo tiernito ahora; ha sido necesario venir a estos mundos para encontrarla.

—Ya me estás casando, Melchor.

—No digo tanto; pero tu declaración de ahora, y tu pesadilla de anoche dejan pensar que este viaje puede resultar de grandes... enseñanzas.

—Por lo pronto hemos recogido una—dijo Ricardo,—que va contra tus ideas.