—¿Cuál?...

—¡El caso de Anastasio! Ahí tienes un hombre víctima inconsolable de un dolor moral.

—¿Vas a ponerme como ejemplo un ser inferior, inculto, torpe, aislado de la sociedad en un medio que basta y sobra para llevar a la misantropía? ¡No, pues! Si Anastasio fuera de la condición que nosotros y tuviera el capital intelectual de que nosotros disponemos y viviera en pleno Buenos Aires, había de encontrar en su propio espíritu y en las influencias circundantes, los estímulos necesarios para triunfar de su dolor por muy hondo que sea y que yo respeto en él, porque es él; porque vive casi solo y a solas constantemente con sus recuerdos atribuladores; pero que no respetaría ni en mí mismo puesto en la situación en que estoy, felizmente.

—¡Sabe que ha hablado lindo, don Melchor!—exclamó Baldomero.

—Yo censuro—continuó diciendo vehementemente Melchor—a los que acarician cualquier congoja como afanosos por conservarla el mayor tiempo posible; yo anatematizo a los que se entregan con fruición a todas las desesperaciones de cualquier dolor moral por intenso que sea, y en vez de tirarlo al último rincón lo pasean en los labios como esos pordioseros que van mostrando una llaga para excitar la caridad pública; yo me refiero a los cobardes que se rinden sin luchar por no darse el trabajo de esgrimir las armas qué tienen a la mano.

Lorenzo y Ricardo escuchaban a Melchor como reos ante una acusación irreducible, mientras Baldomero pensaba que su presencia era inconveniente en aquel momento, en que comprendía instintivamente que Melchor desempeñaba una función trascendental.

—Bueno, don Melchor, voy a dejarlos.

—¿Ya se va, Baldomero? ¿no quiere una copita de coñac?

—Gracias, don Melchor, no tomo.

—¡Tome! Yo también voy a tomar para festejar la venida de ustedes.