—Hasta el «Paso»... es demasiado.
—Están ensillando caballos para ustedes; yo mandé ensillar el malacara de la niña Lola para don Ricardo, que le había prometido, y para usted un overito de la nena, que es una malva. ¿No quiere un mate?...
—¿Dulce?
—¿Usted también toma dulce?... le daremos con azúcar. ¿Vamos para allá?...
—Bueno, ¿y no me desconocerán los perros?
—Son mansos, no tenga reparo.
A la tenuísima vislumbre de un amanecer apacible siguieron la estrecha senda del jardín que daba acceso a las caballerizas, en las que a favor de un farol pequeño y sucio el caballerizo ensillaba los caballos que un muchacho rasqueteaba previamente.
En el boj que bordeaba el camino, tropezaba Lorenzo a cada paso, al mismo tiempo que esquivaba, al tacto, las guías con flores que los rosales parecían tenderle como para brindarle las galas de sus productos.
Al presentarse en el sitio en que se rasqueteaban y ensillaban los caballos, éstos resoplaron vibrantemente en forma que Lorenzo quiso entender como una burla, casi como si fueran carcajadas caballunas, como si hubieran sido capaces de pensar al verle: ¡Y éste es el que va a montarnos!... mientras los perros le contemplaban a cierta distancia sin que faltara alguno más confiado que se llegase a helarle las pantorrillas con el soplido explorador de su hocico.
Bajo el alero de la caballeriza tubaban palomas con tonos de dianas distantes y el «errás-errás» de la rasqueta era apagado a veces por el repentino aleteo de alguna gallina madrugadora que se descolgaba al suelo y daba luego una pequeña carrerita cacareando a grito herido, como si hubiera realizado una hazaña prodigiosa.