Las vacas tamberas se aproximaban solas a sus palenques desoyendo los reclamos temblorosos de sus crías embozaladas y mientras todo despertaba a la tarea diurna en aquel breve trecho, cruzaba el espacio una bandada de patos laguneros, rumbo a la luz, dejando caer desde lo alto gritos que parecían decir como el del cuervo de Poé: «¡ja... más!... ¡ja... más!...»
El día avanzaba poniendo tintes amarillentos en las aristas de las cosas haciéndolas surgir de entre la brumosidad ambiente y uno de los detalles de aquel cuadro campestre que más llamó la atención de Lorenzo, fue un perrazo bayo que se alzó de pronto sobre sus cuatro patas rígidas, levantó la cola, recta como una espada, arqueó graciosamente su cuerpo y lanzó un gran bostezo para echarse de nuevo lamiéndose los labios como si lo paladeara...
—Aquí está su overo, don Lorenzo, quítele lo desparejo...
—¿Es un poco chico, no?
—¿Cuándo ha visto licor en jarro de agua?...
—¡Lo he visto en botellas!
—¡Pero no en pipas! Si vamos a eso. ¡Este es un caballito... mire!... ¡qué usted verá!...
—¿Y aquél?
—¡Ese es el crédito de don Melchor! ¡Yo no sé qué le encuentra a ese caballo!... ¡Porque si es el andar, no vale gran cosa... ni siquiera sabe armarse... estrellero! ¡como el sólo! y hasta algo mosquiador... en fin: es un gusto.
—¿Y qué quiere decir estrellero?