—Según: si me acometen dolores «tan horrendos» como los que a ustedes les dominan, tendré que quedarme hasta que se me pasen; si no son tanto que mi voluntad pueda vencerlos, estaré aquí de nueve a diez.

Los dos enfermos quedaron en sus camas, comentando la energía física de Melchor, mientras Baldomero se disponía a aplicarles los remedios de circunstancias, estimulándoles también a levantarse y hacer un poco de ejercicio.

—¡Pero no a caballo!—contestaban.

Entretanto, Melchor cruzaba campos, llevado por su zaino, cavilando sobre la conducta de Lorenzo y Ricardo, que así se resistían a acompañarle en la tarea que iba a desempeñar.

Cuando llegó a casa de Anastasio encontró a Ramona poniendo agua a las gallinas.

—¡Don Melchor!... ¡Ave María!... ¡Qué sorpresa... y cuánto gusto!...

—¿Cómo le va, Ramona?

—¡Para servirlo!... ¿Y qué milagro?... ¿Solo?... ¿Qué lo trae por aquí?...

—Solo, sí, Ramona... ¿Y Anastasio?...

—Salió ayer, don Melchor, y no ha vuelto... quién sabe «ande esté».