—¿Y usted está sola?...

—Sólita... así es. El muchacho anda por ahí... salió a recorrer... ¿Y no quiere «entrar adentro»?... aquí hay «resolana»... para usted.

Entraron al dormitorio de Anastasio: una pieza cuadrada y blanqueada que tenía sobre una pared un rifle colgado y más abajo un trabuco mohoso; una cama bien tendida con colcha de damasco azul y blanco; una mesa con diversos tarritos y botellas de bebidas; tres gruesas sillas de pino y paja y una percha de la que pendían diversas piezas de vestir; en las paredes, manchadas por vinchucas, un almanaque conservando aún la hoja del 31 de diciembre, varias estampas religiosas y un grabado grande con el retrato del gobernador.

—Tome asiento, don Melchor. ¡Pero cuánto gusto de verlo!... ¿Y solo ha venido?

—Ya le dije, Ramona: solo; mis compañeros quedaron en la estancia algo doloridos porque ayer anduvieron mucho a caballo.

—Así es... bueno, cuando no hay la costumbre... ¿Y usted no?

—¡Ya ve: me he venido de un galope; mire por la puerta cómo ha sudado el zaino!

Para poder verlo desde el sitio en que se encontraba, tuvo que aproximarse a Melchor hasta rozarlo casi con su cuerpo llevándole, por un instante, mezclado al olor a campo, la dura sensación de aquel contacto.

—¿Y qué milagro?... ¿Don Melchor... le cebaré un matesito?

Melchor se había quedado contemplándola, como distraído y tardó un poco en decirle: