—La bebida o lo que sea... usted no debe dejarse maltratar.
—Si hasta ha querido llegar a matarme...—dijo Ramona derramando algunas lágrimas.
—Ya ve, pues, no, es preciso que usted abandone a este hombre que, al fin y al cabo, ¿qué le da?...
—Así es... sí, señor.
—Bueno, déjese de llorar—dijo Melchor poniéndose de pie y golpeándole cariñosamente la cabeza con la palma de la mano que ella tomó y apretó suavemente entre las suyas.
Momentos después regresaba Melchor a gran galope, meditando sobre la torpeza humana que lleva a los hombres al vicio, a la sevicia y al crimen, cuando basta casi siempre un ápice de energía y buen sentido para triunfar, sin violencias, sobre toda idiosincrasia inicial.
—Ya vuelve don Melchor—dijo Baldomero, divisándolo a la distancia, desde la glorieta del jardín, hasta la que a duras penas se habían trasladado los «doloridos».
—¿Dónde?...
—Allá... ¿ven?... derechito a la punta de aquel potrero...
—Yo no veo nada.