—¡Pero, don Ricardo!... mire de aquí... por entre los dos «ombuses» aquellos...
—Y eso que se ve, ¿es Melchor?
—Él es, señor.
—¡Qué vista!
—Si se ve clarito... y viene lindo, no más, el zaino.
—¿No decía usted que es un mancarrón?
—Mancarrón, no, don Lorenzo... Como caballo es guapo; pero hay miles mejores... de más vista... y de más lindo andar.
—¿Y por qué lo ha elegido Melchor?
—¡Ahí tiene!... ¡vaya uno a saber! Para él no hay otro igual... bueno, que lo conoce.
—¿Él lo amansó?