—No, señor... yo se lo tironeaba al principio... pero lo acabó de amansarlo un extranjero que trajeron de domador a la estancia de los Cabrales, ¿sabe?... aquel monte que se ve allá... ¿ve?
—Algún domador de escuela, ¿no?
—Yo no sé en qué escuela habría aprendido... ¡pero para domar como él!...
—¿No sabía domar?
—No es eso... ¡cada que me acuerdo!... ¡Mire que me he reído!... le hablaba al caballo, ¿sabe? ¡como a un cristiano! ¡y le hablaba en su lengua!... ¡fíjese!... ¡qué le iba a entender!
—Ahora sí se distingue a Melchor.
—¿Ha visto, don Ricardo?... ¡Si yo no sé mentir!
—¿Qué bien viene, eh?
—¡Ha de venir contento!... Si don Melchor es así... en haciendo el bien...
—¡Ah!... Melchor es un hombre excepcional—dijo Lorenzo.