—¿Por aquí ha de tener mucho prestigio, no?—preguntó Ricardo.
—¿Don Melchor?... ¡Con una palabra, junta a todo el mundo!... ¡Si don Melchor es como la cocinera, que en cuando afila el cuchillo se le amontonan las gatos.
*
* *
—Ahora un poco de música, Ricardo—dijo Melchor levantándose de la mesa.
—Hay que pedir el asentimiento de Lorenzo...
—¡Cómo te acuerdas!... ¿ eh? pero puedes tocar no más, sin temor de que llore; ¡yo creo que a cada hora que paso aquí me renuevo de pies a cabeza!
—A mí me pasa lo mismo; tengo ganas de gritar a veces: ¡estoy contento!... ¡Viva Melchor!... así... ché, como un chico—dijo Ricardo abrazando efusivamente a su noble amigo.
—¡No seas loco!... Esto no es más que el principio... dentro de dos meses hablaremos.
Los tres amigos se dirigieron hacia la sala por el amplio corredor, débilmente iluminado por una luna nueva que apenas amortiguaba la luz de sus estrellas más próximas, pero que daba realce a las flores más blancas del jardín.
—¿Qué quieren que toque?—preguntó Ricardo mientras procuraba encender una lámpara de pie que estaba junto al piano.