—Lo que quieras—le contestó Lorenzo,—aunque sea el quinto nocturno.
—No, voy a tocar—dijo sentándose en la banqueta—la serenata de Schuber.
En el jardín frente a la puerta de la sala se sentaron Lorenzo y Melchor, a quienes momentos después se agregó Baldomero, diciendo:
—Con permiso, don Melchor, si no incomodo.
—¡No, Baldomero! ¡Al contrario! Aquí estamos tomando fresco y oyendo el piano.
—Por eso he venido; cada que don Ricardo toca, siento una gran alegría, señor, y se me hace que es la niña Lola y que está la familia, y hasta me parece que el viejo anda por aquí.
—Es el poder evocador de la música, Baldomero; probablemente usted no ha oído aquí más que a las muchachas.
—Así es, don Lorenzo.
—Y al oír el piano su imaginación retrotrae escenas pasadas que se actualizan en su espíritu y le hacen reconstruir el cuadro que vio la primera vez.
—...Así... será, sí, señor... yo... en eso no soy muy baquiano, don Lorenzo; pero ¡mire que me gusta oír el piano!