—Fíjate, Melchor, cómo perdura en Baldomero una impresión musical, cuando por lo común son fugaces.

—¿Fugaces?... ¡Qué disparate!... Precisamente es la sensación que por más tiempo se fija en nosotros.

—Estás equivocado: ¿a que no te acuerdas de algo de lo que oíste en la última temporada teatral?

—Posiblemente no podría repetirlo; pero si lo volviera a oír dentro de algunos años lo recordaría y asistiría imaginativamente a la escena que me rodeaba, la primera vez que lo escuché.

—Eso quiere decir que tengo razón, aunque te parezca lo contrario; pues la música te haría evocar un cuadro en el que algo más interesante para ti te impresionó, uniéndose a la emoción musical que aisladamente, lo repito, es fugaz.

—¡Pero si tú mismo acabas de hablar del poder evocador de la música!

—Cuando ella se vincula con otra impresión; tú has estado en el teatro cien veces, habrás oído veinte o treinta óperas; pero sólo una mínima parte de éstas tendrá poder evocador en tu espíritu: las que estén vinculadas a sensaciones de otro orden.

—¿Qué están diciendo ustedes de la música?—preguntó Ricardo, que se aproximó arrastrando un grueso sillón de paja, en el que se sentó.

—¿Qué, ya no toca más, don Ricardo?—le preguntó Baldomero, al mismo tiempo en que Melchor le decía:

—¡Macanas de éste!—señalando a Lorenzo.