—No hay tal; yo decía que la música no tiene poder evocador sino cuando está vinculada a sensaciones de otro orden; por ejemplo: yo he oído «Bohéme» una noche en que me declaraba a mi novia; ¡es hipotético, eh!, y en momentos en que ella me aceptaba vi a un bombero, en el paraíso, que se sacaba el morrión y se pasaba el pañuelo por la cabeza; pues desde entonces cada vez que oigo aquella ópera o que veo a un bombero secarse el sudor surge en mi memoria, el cuadro completo de aquella noche, sin que por esto pueda decir que hay un gran poder evocador en los bomberos que sudan...
—¡Pero lo hay en la música!
—No lo niego; pero, ¿dónde está para nosotros cuando escuchamos una ópera nueva?... ¿un himno nacional que no sea el nuestro?... ¿un trozo cualquiera que no hayamos oído nunca, y que no tenga reminiscencias de algo conocido?...
—En cambio si dentro de veinte años oyeras tocar el 5.º nocturno, se te representaría la escena de la otra noche.
—¡Es claro! porque evocaría en mí el recuerdo de una situación moral inolvidable, acaso me ocurriera lo mismo volviendo a ver a Baldomero.
—¿Dentro de veinte años? ¡Don Lorenzo!... ¡Estaré en el otro mundo!...
—¿Usted cree en el otro mundo, Baldomero?...
Este se quitó el chambergo, miró al cielo estrellado y diáfano y después de un breve instante de silencio exclamó bajando la cabeza:
—Sí, creo, don Lorenzo... ¿y usted no?...
—Yo no he pensado en eso todavía; pero puede ser que con el tiempo...