—Ya es algo—le interrumpió Melchor, que estaba tendido en su sillón, y tenía recostada la cabeza en el respaldo, de cuyos costados se había tomado con las manos como para sostenerse mejor, y agregó, sin apartar la mirada del cielo:—por ahí se empieza... tras la incredulidad adquirida por frotamiento, que no por convicciones... llega la indiferencia... luego se abandona gradualmente el afán de negar... y un buen día... o una buena noche como ésta, se mira al cielo... se contempla un momento esta portentosa... esta estupenda armonía sideral... esta maravillosa rotación de soles y de repente brota en el alma un punto de luz... que crece... se dilata... la llena... y la ilumina...
—¡A mí no me ha aparecido todavía el punto de luz!—dijo Ricardo, riéndose.
—Es que tu espíritu estará aún en estado sólido—le contestó Melchor.
—¡El espíritu en estado sólido!... ¡qué gracioso!
—Parece un disparate—insistió Melchor,—un contrasentido; pero acaso no lo es porque bien puede compararse las diversas situaciones de nuestro espíritu, frente a ciertas ideas, con los estados de los cuerpos en la naturaleza: sólido, líquido y gaseoso. Tu espíritu—continuó Melchor atentamente escuchado por Baldomero—está ante la idea de Dios, por ejemplo, en estado sólido; el de Lorenzo en estado líquido, o de equilibrio indiferente, y de ahí pasará al estado gaseoso, que le permitirá elevarse... elevarse cada vez más y sentir energías, ante las cuales toda presión resultará estéril para volverlo a sus estados anteriores.
—¡Has hecho un párrafo que bien podría figurar en un tratado de psicofísica!—le dijo Ricardo.
—Mejor estaría en el libro de tus memorias, cuando las escribas.
—¿Tan cierto estás de mi conversión?
—Como que estoy viendo a Júpiter; fíjate qué maravilla—dijo Melchor, señalando al astro.
—Realmente—exclamó Lorenzo;—qué bueno sería tener aquí un telescopio para observarlo y ver sus satélites.