—¡Ah! Con un telescopio nos pasaríamos las noches en claro.
—Menos yo, ché, Melchor.
—¿Por qué, Ricardo?
—Porque me marea mirar al cielo.
—¡Te marea!... ¿Pero que estás diciendo?...
—Lo que oyes: Yo no tengo cabeza para contemplar estas cosas y si me esfuerzo por entenderlas, acabo por aturdirme... ¡qué sé yo!
—¡Pues, hombre!—dijo Lorenzo,—a mí me ha sucedido algo análogo; sobre todo al calcular las distancias siderales... pensar que la luz de las pléyades... aquel grupito... ¿ves, Ricardo?... tarda cuatrocientos mil años en llegar a la tierra.
—¡Ni con tropilla!—exclamó Baldomero.
—Mira qué espléndido está Sirio, ché, Melchor.
—Ese es el príncipe de nuestro cielo, Lorenzo, después de Venus; pero, para mí, lo más hermoso son las estrellas dobles... ¿Tú no has visto con telescopio, el alpha del Centauro?