—Efectivamente es soberbia... como todas las dobles; pero de todo este espectáculo grandioso—continuó Lorenzo,—hay algo en el firmamento más grande para mí que él mismo y es la desesperante incógnita de su origen...
—¿Y la de su fin?—le preguntó Ricardo.
—¿Cómo la de su fin?
—Sí, Lorenzo, porque suponiendo que haya un Dios creador del universo, admitiendo—lo que no es difícil,—que Dios existe y que ha hecho todo eso, yo me pregunto: ¿para qué diablos lo ha hecho?...
... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...
—Cuando gusten, señores, ya están ensillados los caballos—exclamó Baldomero aproximándose a la ventana del comedor, donde se encontraban tomando te Lorenzo y Melchor, quien al oírle se volvió hacia la ventana diciendo:
—Vamos en seguida, esperamos a Ricardo que todavía está en el baño.
—¡Y está linda la tarde!... fresquita.
—¿Realmente, Baldomero, y usted nos acompañará?—le preguntó Lorenzo.
—No, señor, yo voy a quedarme, que tengo un quehacer.