—Por una de ellas he estado a punto de cometer un crimen si no hubiera tenido un amigo como Melchor.

—Eso no debe hacerse nunca, ni por nadie.

—He sido engañado de la manera más cruel y más infame... haciéndoseme el motivo de la burla y de la risa de toda la sociedad, por quien calculaba que yo valía en plata más de lo que puedo tener... y no una vez.

—¡Olvídese, don Ricardo!...

—Así lo he conseguido gracias a Melchor que me ha prestado energías y voluntad para sobreponerme a todo... y para empezar a vivir de nuevo... como si me hubiera dado un pedazo de su gran espíritu.

—¡Capaz de dárselo todo!...

—Él me ha salvado y gracias a él, y nada más que a él, cada día que paso me siento más fuerte y más capaz de luchar como un hombre, tomando «las cosas como son y no como deben ser».

—¡Si don Melchor es capaz de sanar a un muerto!

—Es lo que ha hecho conmigo y con Lorenzo... ¡y con tantos otros!... Bueno, pues, ¿cómo cree usted que me recibiría la «Pampita», si yo le mostrara pretensiones?

—¡No le decía yo, don Ricardo!...