*
* *

—¿Ché, Melchor, dónde pusiste los diarios que trajimos?... ¿Por qué te ríes?

—¡Pero, hombre!... ¡Recién se te ocurre leerlos!...

—¿Y tú los has leído?...

—¡Casi no los leía allá!... ¡y voy a venir a la estancia para ocuparme en eso!...

—¿Y para qué los trajiste?

—¡Porque los compré!...

—¿Y para qué los compraste?

—Por no ser menos que tú.

—Bueno, contesta: ¿dónde están?...