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—¿Ché, Melchor, dónde pusiste los diarios que trajimos?... ¿Por qué te ríes?
—¡Pero, hombre!... ¡Recién se te ocurre leerlos!...
—¿Y tú los has leído?...
—¡Casi no los leía allá!... ¡y voy a venir a la estancia para ocuparme en eso!...
—¿Y para qué los trajiste?
—¡Porque los compré!...
—¿Y para qué los compraste?
—Por no ser menos que tú.
—Bueno, contesta: ¿dónde están?...