—Lo ha de haber hecho sin darse cuenta... ¡calcula cómo tendría la cabeza ante la idea de ir a conquistar a la «Pampita»!
—¡Cómo le irá a Ricardo! ¿eh?...
—Puede ser que le vaya bien.
—Yo no creo que esté enamorado... así: fulminantemente.
—¡Que no!... ¡piensa que es linda como un sol!
—Aunque lo sea... para mí, Ricardo va tras la «Pampita» por un movimiento de despecho y nada más. Él se ha entusiasmado con la idea de lucirla en Palermo... y en el teatro... a los ojos de sus ex novias... ¡esto es todo!
—¿Por qué pensar eso?... Ricardo es un temperamento extraordinariamente apasionado, y yo me explico muy bien el paso que da. Ha visto en esta muchacha un conjunto de cualidades de primer orden, casi excepcionales, y no tiene nada de extraño que se sienta inclinado a ella.
—Eso estaría muy bueno después de tratarla un tiempo.
—No, Lorenzo, mira: en la vida, generalmente, se toma novia como se toma casa: casi siempre por el aspecto. Son muy raros los que compulsan serenamente las condiciones de las muchachas que tratan para elegir al fin la que más convenga, y esto mismo es antipático, casi inmoral: ¡se quiere porque sí y sepa Dios por qué!
—¡Así son los chascos!