—¡Perfectamente! pero es preferible equivocarse sin calcular a equivocarse calculando.
—Por eso yo me he puesto a cubierto de los dos casos—dijo Lorenzo sonriendo afablemente.
—¡Tú!... ¡qué gracia!... Tú has vivido en forma que no te permitía pensar en «novias»...
—Eso es historia antigua...
—Felizmente para ti. Después el estudio te ha absorbido todo tu tiempo, como que por una de esas reacciones muy explicables te pasaste a la otra alforja...
—Para recuperar lo perdido.
—¡Una barbaridad!... ¡ché... dar de a tres años de ingeniería juntos... y estudiar veinte horas diarias!
—¡Qué exageración!
—¡Bueno: diez y nueve!... Da gracias a Dios que pudiste substraerte a esa vida.
—No tuve más remedio... cuando me enfermé.