—¡Qué enfermedad, ni qué embelecos! ¡Tú eres más sano que yo! y lo has sido siempre. La prueba la tienes en tu estado actual; ya ves cómo te repones por días; duermes perfectamente ahora; comes con bastante apetito... ¡calcula cómo estarás dentro de un mes!
—¡Todo te lo debo a ti!... y si vieras el bien que me hacías cuando me estimulabas a reaccionar en los días en que me sentía más abatido... Hoy recuerdo perfectamente la intensa influencia que ejercías en mi espíritu y la situación de ánimo en que me dejabas después de aquellos sermones inacabables...
—Eso es historia antigua, te diré a mi vez.
—Pero que llena mi espíritu como una enseñanza suprema. ¡Si a veces pienso en que tú has realizado en mí un caso de «avatar», como el de Gauthier, ¿te acuerdas?
—No lo he leído.
—¿No?... ¡qué raro!
—Lo raro es que lo confiese, porque nadie lo hace; ¿te has fijado?
—¿El qué?
—Confesar que no se ha leído un libro de cierta notoriedad; ¿tú has encontrado a alguien que confiese no haber leído a Sarmiento, a Mitre, a López, a Estrada o a alguno de nuestros grandes autores de renombre?
—Tal vez tienes razón.