—¡Y sin tal vez! Yo no he hablado con una sola persona que me haya dicho que no ha leído el «Facundo», por ejemplo.

—Y lo habrán leído...

—El dos por ciento de los que lo dicen... si hoy nadie lee, ché, nada más que los programas de las carreras y la crónica social de los diarios.

—¡No me hagas acordar de los diarios! que me subleva pensar en la conducta de Ricardo.

—¿Qué canallada, eh?

—Con permiso...—dijo Baldomero golpeando con los nudillos de la mano en la puerta de la sala, donde conversaban Lorenzo y Melchor, recostado éste en el sofá, mientras esperaban la hora de almorzar.

—¡Entre, Baldomero!

—¡Aquí está fresquito!—dijo éste sacándose el sombrero y peinándose el cabello con los dedos.

—Siéntese... ¿qué hay de nuevo?

—Hay, don Melchor, que acaba de llegar Zenón, ¿sabe?, el peón de los Cabrales, que venía de llevar unos animales para el campo de los Unzueces y dice que por el cañadón de las tunas, ¿sabe?, encontró a doña Ramona, que se viene de a pie con esta calor..