—¿Viene para acá?

—Así dice.

—¿Y por qué no la alzó?

—Porque no es de anca el que montaba y venía con gran apuro de llegar ligero, que de no, dice, le habría dado su caballo.

—¡Pobre infeliz!... Bueno... Baldomero: ¿volvió el carrito de repartir la carne a los puestos?

—«Reciencito» llegó.

—Vaya corriendo, y dígale a Hipólito que a todo lo que pueda salga con el carrito y la traiga a esa infeliz.

Instantes, después se oía el ruido del carrito que salía en la dirección indicada.

—¿Qué distancia hay, Melchor, de aquí al cañadón de las tunas?

—Sus seis leguas largas, y calcula para caminarlas con este día.