—¡Quién sabe!, ese hombre tiene un aspecto diabólico.

—¡Pero si Ramona no está casada con él!; ella es una mujer dueña de hacer lo que quiera... y si él la maltrata puede venir a refugiarse aquí o a donde le convenga.

—Sí, lo comprendo; pero como ha mediado tu intervención, no sea el diablo que él crea que tú la has sonsacado...

—¡Y que lo crea, suponte!... Si fuera una chiquilina, vaya y pase... pero ¡una mujer de casi cuarenta años!

—¿Y no tiene familia?

—Creo que sí... no estoy seguro... esta mujer vivió con un soldado de la policía, al que lo mataron en un boliche, y después se unió con Anastasio... es todo lo que sé.

—Está el almuerzo, niño—dijo el sirviente; y los dos amigos pasaron al comedor.

Al terminar el almuerzo se presentó Baldomero y preguntó:

—¿Dónde la va a poner a Ramona, don Melchor?

—¡Es cierto!... Hay que buscarle alojamiento... ¿En sus piezas no cabría?...