—¡Tu receta, Melchor, acuérdate!—intercedió Ricardo,—contra el cansancio, el ejercicio.
—Sí, don Melchor, vamos; puede que hallemos algún animal que valga, porque a veces en tropas así sabe venir, «un repente», algún mestizo de sangre.
—Bueno, voy a vestirme; ¿mandó ensillar?
—¿En cuál va a ir?... ¿En el zaino?...
—No; hágame ensillar el Platero... con recado, ¡eh!—repuso Melchor dirigiéndose a su dormitorio.
Bajo el corredor quedaron con Baldomero, Lorenzo y Ricardo tomando mate y comentando el deseo de Melchor de montar al Platero, redomón que lo era aún y que podía dar una sorpresa; pero las órdenes de Melchor se cumplían al pie de la letra y momentos después el Platero ensillado giraba amenazante y piafando alrededor del pilar de la caballeriza en que había sido atado.
Melchor apareció calzando botas y vestido con amplia bombacha negra ceñida por un cinturón de gamuza blanca; blusa negra; chambergo color plomo; en el cuello un pañuelo celeste cuyas puntas delanteras caían sobre la pechera de su camiseta y en la mano un pequeño rebenque, trenzado, con virolas de plata.
—¿Qué tal?—preguntó al presentarse.
—¡Pareces un gaucho de verdad!
—A mí me pareces otra cosa: un orillero de Palermo con ínfulas de hombre de campo—dijo Lorenzo.