—Mejor estaría de frac y sombrero de copa, ¿no?...

—¡Sin duda! Cuando menos, Melchor, estarías en traje más propio de tu condición.

En ese momento apareció Ramona y dirigiéndose a Melchor le entregó un perfumado pañuelo de manos, diciéndole:

—Tanto pedírmelo y se iba sin él.

—Es verdad, gracias. Conque, ¿vamos, Baldomero?

—...Cuando... quiera... don Melchor—dijo Baldomero, que se había quedado contemplando a Ramona.

Acompañados por Ricardo y Lorenzo se dirigieron a la caballeriza donde Hipólito palmeaba en la tabla del pescuezo al Platero, mientras lo tenía sujeto por una oreja.

—Aguarde que yo monte, don Melchor; ¡tenéselo, ché, Hipólito!

—¿Por qué, Baldomero?

—Para pechárselo, si es caso—repuso éste al montar en su «azulejo», agregando:—Monte ahora, don Melchor.