Este había puesto el pie en el estribo, pero el Platero giraba sin cesar y sin dar tiempo a montar, hasta, que parado un instante Melchor aprovechó para volear la pierna en el mismo momento en que el redomón se tendía de costado, como en una espantada, abalanzándose hasta dar algunos pasos en las patas traseras.
—¡Y que te me ibas!... ¡maula!...—gritó Melchor afirmándose en el recado y dando un formidable rebencazo al Platero, que arqueándose agachó la cabeza, lanzó como un rugido, dio un corcovo colosal que hizo cimbrar a Melchor, y partió medio trabado avanzando de través hacia el alambrado de la quinta, al que no llegó porque Baldomero, rápido y oportuno, le puso el «azulejo» al lado, diciéndole a Melchor:
—¡No lo castigue!—y los dos caballos partieron pujando como en una carrera que hubiese de darse «puesta».
—Cualquier día van a costarle caras estas gracias—dijo Lorenzo, contemplando a Melchor sobre cuyos hombros se veía a la distancia las puntas flotantes del pañuelo, agitadas por el vendaval que el Platero producía.
—¡Ni potro que fuera... para sacarlo a don Melchor!—se aventuró a decir Ramona, como si la agitara un hondo orgullo ante la proeza realizada por su patrón.
—Él mandó... por eso lo ensillé—dijo Hipólito, contestando a Lorenzo, como si considerara que le alcanzaba el reproche.
—Yo no hago un cargo a nadie, Hipólito; pero si un día ocurre una desgracia todos vamos a ser culpables.
—Mientras esté don Baldomero no ha de ser.
—Dios lo quiera—repuso Ricardo, dirigiéndose con Lorenzo hacia el escritorio, en el que se disponían a escribir.
Sentados frente a frente y listos para empezar la tarea, dijo Ricardo, golpeando con la pluma en el fondo del tintero, como si quisiera empaparla mejor: