—De eso es el sueño que lo invade después de comer, y yo lo he visto muchas veces, entre horas, tomando coñac en el antecomedor.

—¿Es posible?... ¿A más del vino de la mesa?

—Él me ha dicho que lo toma para ayudar a la digestión... cuando come demasiado.

—...¡Un muchacho que nunca ha bebido!... Y en todo se le nota un cambio alarmante... Está perezoso... indolente... todo lo deja para después... tiene un montón de cartas sin contestar...

—Hay otro detalle más extraño y es su afán de quejarse de todo: nadie lo quiere, nadie le guarda consideración, sus amigos no le escriben, ¡qué sé yo!

—A mí me tiene esto más preocupado de lo que tú te imaginas; pero no me resuelvo a hablarle porque temo que se enoje; por otra parte, ya no es un chico, y quién sabe a qué propósitos responde con su actual conducta.

—A nada, ché, Lorenzo, ¿qué se va a proponer?... Es dejadez, no más; va en camino de ponerse en el mismo estado de laxitud o de atrofiamiento moral en que nosotros estábamos.

—Y de que él nos sacó...

—Sí, pero es distinto; nosotros teníamos causas que podían ser combatidas por él, como lo hizo excitivamente; pero en él no ocurre lo propio.

—En él debe haber una causa también.