—Yo también...
—¿Por qué me lo dice en ese tono?
—Vea, don Melchor... yo quería hablar con usted... si me permite... ¿sabe?... porque no querría faltarle... ¿me comprende?...
—Puede hablar, Baldomero, todo lo que quiera, lo que es por mí...
—Yo digo por el respeto, ¿no?... porque a la verdad, que si el patrón llegase a venir...
—¿El qué?... ¡Hable claro!
—Porque yo veo cosas... Don Melchor... ¡vamos!... que no están bien... y en una persona como usted... don Melchor... que no es por alabarlo... pero usted comprende bien que todo se sabe... y después son los enredos... y vaya, que lo llegue a saber la familia.
—Mire, Baldomero, yo he vivido bastante para necesitar consejos, ¿me entiende? y sé lo que hago y hago lo que se me da mi real gana.
—No digo lo contrario... no, señor; pero vea: esos mozos que están con usted...
—¡Son pavadas! de ellos, que quieren que me pase el día escribiendo cartas a cuantos imbéciles me escriben...