—¿De «verdá», don Melchor...?

—¿Pero no me entiende?... ¿o quiere que vaya yo?...

—Déjalos, ¡infelices!—insistió Lorenzo.

—¡No quiero!... ¡Vaya!... ¡No me da la gana!...

—Está bien, don Melchor—dijo Baldomero dirigiéndose hacia la caballeriza por el caminito del jardín en el que quedaron visibles, a la luz del farol del corredor, las hondas huellas de sus botas.

—¡Baldomero!—gritó Melchor aproximándose al límite del corredor, hasta recibir algunas gotas de lluvia y haciendo bocina con la mano,—¡que los acompañe Hipólito hasta la tranquera!

—Está bien, señor—se oyó a la distancia bajo la lluvia y momentos después los dos mercachifles cargados con un enorme peso que aquélla aumentaba, salían chapaleando barro, conducidos por Hipólito a caballo, mientras Melchor desdoblaba la servilleta que se ponía en las faldas, y tomaba un plato de suculenta sopa de arroz con ajíes de la huerta...

*
* *

—¡Así!...—decía Baldomero, juntando los dedos de ambas manos, y riendo placenteramente,—¡así!... va a caer gente el domingo...¡Si se me hace que no va a faltar nadie!...

—¿Y vendrán muchachas?—preguntó Lorenzo.