—¿Quién será?

—Alguno de los muchachos, ¿no te parece, Melchor?... que viene a pasar el día de mañana contigo.

—¡No, Lorenzo!... ¿quién va a pensar en eso!

—¿Y por qué no?...

—Porque no...

El carruaje había pasado la tranquera y se aproximaba rápidamente al grupo que se había detenido a contemplarlo bajo un árbol, cuando de pronto vieron que el viajero les anticipaba un saludo agitando su sombrero.

—¡Es Rufino!... ¡Es Rufino!...—dijo Lorenzo y agregó con viva satisfacción:—¡qué bueno!

Efectivamente era Rufino, el viejo sirviente de la casa de Lorenzo, que descendió del pescante de un salto y lo saludo como un amigo íntimo, casi como un padre:

—¡Cómo está, niño?... ¡Qué buena cara tiene!... ¿Se siente bien?...

—Perfectamente, Rufino, ¿y por allá?