—Todos están muy buenos... ¿cómo lo pasa, don Melchor?... ¿y usted, don Ricardo?...

Contestaron éstos amablemente y luego de presentarle a Baldomero, dieron orden al cochero que entrase a la caballeriza y reunidos, todos, regresaron a pie en dirección a las casas.

—Pues, sí, niño, la señora tenía resuelto mandarme para verlo y para que le trajera unas cosas que le manda a don Melchor—cosa que estuviera aquí mañana, ¿no?—y que le trajese noticias de casa que están todos buenos, a Dios gracias, y deseando verlo, como, a usted, don Ricardo, que me dijo su mamá que le dijera que están muy contentos con sus noticias y que por qué no les ha mandado el retrato de la niña.

—Muy pronto irá, Rufino, quizás lo lleve yo mismo.

—¿Qué, ya están por volverse, don Ricardo?... Viera qué calor en la ciudad... ¡y miren que esto es lindo!... Si es una gloria estar aquí.... El que no anda muy bien, es su papá, don Melchor.

—¿Qué es lo que ha tenido?... En las cartas no me decían que estuviese enfermo de cuidado...

—Parece que lo atacó el hígado... y algo de los riñones también.

—¿Ha estado en cama muchos días?...

—Anteayer se levantó, don Melchor; pero los ha tenido medio afligidos porque los médicos decían que por su edad que había que tener cuidado.

—Y diga, amigo—le preguntó Baldomero,—¿ya está bien el viejo?