—¿Y cómo quieres que vayan?

—Yo creía que irían hincados—dijo burlonamente Ricardo.

—Quizá no falten quienes vayan así, por alguna promesa o por fanatismo.

—Subamos, ché, que va a ser la hora.

De nuevo en sus asientos, Ricardo reanudó el tema, diciendo:

—Deben ser felices los que creen, ¿eh?

—Si la felicidad está en creer—repuso Melchor,—todos deben ser felices.

—Todos los que creen.

—¿Y tú crees que haya excepciones?

—¡Cómo no ha de haberlas! y de primera fuerza: pregúntaselo a Voltaire.