—¿A Voltaire? ¡Qué mal ejemplo has presentado!...
¿Por qué?—repuso Ricardo, turbado visiblemente, pero dando a su voz una inflexión destinada a disimular la contrariedad de haber citado por oídas, ya que nunca había leído ni una línea del famoso escritor francés.
—Porque cuando Voltaire tuvo viruelas llamó al confesor.
—No lo recuerdo...
—Sí; lo llamó, y no debía ser tan descreído cuando ante la idea de morir quiso ponerse bien con Dios.
—¿Es cierto eso, Melchor?—preguntó Lorenzo.
—Rigurosamente cierto: Voltaire hizo lo que todos; lo que aquel filósofo positivista que al terminar una conferencia negando la existencia del alma, anunció la próxima, diciendo a su auditorio: «el sábado, si Dios quiere, demostraré que no hay Dios».
—Por lo visto, eres todo un creyente—dijo Ricardo.
—Yo sí, ché; ¿para qué negarlo?
—Desde luego; creer y negar que se cree, debe ser cuando menos fatigoso...