—¡Es así!... Yo te lo anuncié y estoy, como de costumbre, teniendo razón. Ya verás: ¡dentro de quince días tendrás que hacer un gran esfuerzo de memoria para acordarte de tus enfermedades!... Ni una sola te quedará, para tener el gusto de... ¡quejarte!

—Voy a buscar los diarios—dijo Ricardo poniéndose de pie.

—Vamos para allá—dijo Lorenzo,—ya no tenemos nada que hacer aquí.

—¡Qué!... ¿quieres seguir comiendo?...—le dijo Melchor, en broma, alcanzándole su gorra de viaje.

—¡Dios me libre!

—Ché, Ricardo, ¿y tú, no quieres tomar algo?

—¡Dios me libre!—repitió éste como un eco de Lorenzo.

—¿Conque... Dios los libre?... ¿eh?... vamos progresando.

—¡Vamos... a nuestros asientos!—contestó Ricardo al abrir la puerta del coche-restaurant, y agregó al asegurarse la gorra, que tenía puesta:—¡Cuidado con las gorras! que se ha levantado viento.

Al encontrarse nuevamente en el sitio que ocupaban, dijo Melchor: