—¿De modo que los diarios no sirven para nada?
—Van en ese camino, como que han pasado de la síntesis informativa a la dilución abrumadora.
—¡Es ganas de criticar!
—No hay tal y en mí menos; pero mira... 36 páginas... y... 24 páginas...
—¡No es precisión leer hasta los avisos!
—Partamos por mitad, lo que es excesivo, y tenemos 30 páginas de lectura en sólo dos diarios... ¡eh!... agrégale otro tanto por la tarde.
—Yo leo lo que me interesa.
—Yo hago otra cosa: miro todo y no leo casi nada; por otra parte, pienso que los diarios de hoy no llenan su objeto porque la volubilidad pública reclama asuntos nuevos todos los días y, así, no es posible la propaganda asidua en un propósito dado, desde que en cuanto un diario insiste en un mismo tema el público lo deja por aburrido y por «latero».
—Yo los he dejado deliberadamente para leerlos en la estancia—dijo Lorenzo.
-Pues te quedarás sin leerlos—repuso enérgica y cómicamente Melchor.