—¿Cómo así?

—¡Usted, señor D. Lorenzo, va a la «Celia» a pasear, comer y dormir!

—¿Y por qué no hemos de leer también?

—Porque yo mando. ¡Se leerá lo que yo indique y cuando yo lo disponga!

—Lo que soy yo no puedo pasarme sin leer—insistió Lorenzo.

—Leerá usted, señor... conozco las teorías modernas sobre fatiga intelectual y los medios de combatirla y los aplicaré discretamente.

—¿En qué consisten, ché?—preguntó Ricardo burlescamente.

—En esto, muy sencillo; cuando se siente fatiga intelectual por exceso de estudio hay tres medios de combatirla; primero, dejar la lectura, procedimiento moroso cuando el mal es intenso; segundo, hacer ejercicios físicos, procedimiento violento para restablecer el equilibrio de los centros nerviosos; y tercero, cambiar de lectura... leer alguna cosa sencilla... trivial... una novela, por ejemplo.

—¡Pobres novelas!...—dijo Ricardo.

—¡Estás eruditísimo!—exclamó sonriendo Lorenzo.