—¡Esto no es nada! ¡Ya verás, Lorenzo, como con sólo un chambergo de gran ala levantada te quito el... casquete neurasténico de Charcot! ¿Qué tal? ¡y a esta altura!
—¿Cómo a esta altura?
—¡A la altura de Trenque Lauquen, adonde vamos llegando... fíjate!
En ese instante se oyó un estampido formidable, como si la boca de un cañón del «Belgrano» o del «San Martín» hubiera entrado en el coche y vomitado un cañonazo:
—¡¡¡Booooletooos!!!
Cuando el jefe del tren llevó los que Melchor humildemente le entregó, el convoy llegaba a su estación terminal.
—¡Ahí está Hipólito!...—exclamó Melchor y asomándose por la ventanilla del coche que aun marchaba, le gritó:
—¡Hipólito!... ¡Hipólito!... ¡aquí!...
—¿Quién es ése, ché?
—El cochero de la estancia... ¡verán qué tipo!... toma tu valijita, Lorenzo... y para ti Ricardo, toma... ¡tú que no puedes pasarte sin los diarios!...